Naia
El espejo me devolvía la imagen de una mujer que apenas reconocía.
Llevaba semanas envuelta en camisones de seda y batas holgadas, moviéndome por la villa como un espectro pero esta noche, por primera vez, me había esforzado.
Artem lo había mandado a comprar para mi y al ponérmelo, el tacto frío de la tela contra mi piel pareció despertarme de un largo letargo.
Me maquillé con cuidado para ocultar las sombras bajo mis ojos azules y dejé que mi cabello cayera en ondas naturales sobre mi