Artem
Habían pasado tres días desde que aterrizamos en esta villa frente al mar Egeo, y cada segundo se sentía como una eternidad suspendida en el vacío.
Tres días en los que el sol griego se burlaba de nosotros con su brillo incesante, mientras dentro de estas paredes el tiempo parecía haberse congelado Naia seguía sumida en un mutismo absoluto.
No era un silencio de protesta, ni de odio era un silencio de ausencia ella estaba físicamente conmigo, pero su mente parecía estar vagando en alg