Artem
Manejé hacia la casa de seguridad con los nudillos apretados contra el volante hasta que mis manos se quedaron blancas la furia me quemaba la garganta como ácido, no entendía cómo todo esto había escalado de esta forma en tan poco tiempo.
Se suponía que Naia debía ser un secreto, una joya guardada en una caja de cristal hasta que yo decidiera cansarme de ella pero ahora, el cristal se había roto y la realidad estaba salpicando a todos.
Al entrar en la mansión subterránea, el silencio e