Artem
El frío del volante se filtraba a través del cuero, pero yo apenas podía sentirlo.
Llevaba veinticuatro horas sin cerrar los ojos, alimentado únicamente por la adrenalina, el café amargo y una furia sorda que me martilleaba las sienes. Mis hombres habían trabajado sin descanso, rastreando las señales de las llamadas telefónicas de los dos bastardos que aún jadeaban en la cajuela de mi auto.
Eran cabos sueltos, y en mi mundo, un cabo suelto es una soga que tarde o temprano termina alred