Naia
El coche avanzaba a una velocidad que me hacía sentir que el asfalto desaparecía bajo nosotros
El silencio dentro del vehículo era sepulcral, roto solo por el sonido de la respiración agitada de Katia y el tecleo incesante en su teléfono.
Llegamos a las afueras de la ciudad, a un sector donde las construcciones modernas daban paso a estructuras olvidadas el coche se detuvo frente a lo que parecía ser una mansión en construcción o, quizás, una ruina devorada por el tiempo no entendía qué