La sala de reuniones de Alberto estaba sumida en una penumbra inquietante creada por las nubes grises que rondaban esa noche el cielo. En el centro de la habitación, una mesa de caoba oscura pulida apenas se vislumbraba en la poca luz que suministraba las velas. Alberto, con más irritación que nunca, miraba con furia al soldado frente así, intimidándolo con solo su mirada y presencia imponente. Su rostro marcado por la preocupación y la ira contenida, se arrugó cuando el soldado empezó a relata