Él se fue, así como si fuera un espíritu, desapareció después de llevarse una parte de mí, dejándome embelesada y con los labios hormigueando. En la puerta de mi propia casa, con mi padre en el comedor, ese hombre se había atrevido a besarme. Me llevé la yema de los dedos s los labios, sintiendo como me ardían.
Había sido mi primer beso. En todos mis veinticinco años, ningún chico, ningún pretendiente aprobado por mi padre, había logrado siquiera rozármelos. Y ahora, este hombre, este extraño