Las palmas de mis manos se sentían calientes y escurridizas. El olor a pólvora y óxido penetró mi nariz. Parpadeé repetidas veces, percatándome que mi padre estaba en el suelo, retorciéndose bajo su propia sangre.
Sentí como se me erizara el vello del cuerpo.
Estaba otra vez aquí, en esta maldita habitación, observando como mi padre se ahogaba con su propia sangre al tiempo que la herida en su pecho comenzaba a llenarse del mismo líquido carmesí.
De pronto, una mano me empujó al suelo, ob