Emma
Magnus dijo que no olía lobos mientras miraba la ciudad desde el borde de los árboles, con la mochila colgada en un hombro y la camiseta todavía mal puesta, como si el concepto de meter bien el cuello no le hubiera pasado por la cabeza. La ciudad brillaba delante de nosotros, luces en las ventanas, coches a lo lejos, el ruido sordo de una madrugada que no terminaba de dormirse del todo.
—Cientos de kilómetros —dijo—. Estamos lejos.
—Bien. —Tomé la mochila de su hombro antes de que pudiera