Maya
Llevaba tres noches sin dormir bien.
El frío de la casa nueva no era el problema. Tampoco la cama, aunque todavía me costaba acostarme allí y sentir que ese lugar me pertenecía.
Era el tiempo.
Cada hora que pasaba sin que yo hiciera nada abría espacio para que la manada hablara, dudara, midiera mis pasos. Una manada sin Alfa establecido desde hacía poco no interpreta la espera con paciencia. La interpreta con miedo. Y el miedo, cuando se deja crecer entre guerreros, acaba convertido en des