42. El que causó todo
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Blake
El chirrido violento de unas llantas rompió la calma del pequeño pueblo al que me había guiado Seraphina por teléfono. Apreté el volante con tanta fuerza que sentí crujir el cuero bajo mis dedos.
Salté de la camioneta sin perder tiempo, con el corazón desbocado y una furia tan densa que me quemaba por dentro. La desesperación me arañaba la garganta.
—¡¿Dónde está?! —rugí, mi voz estallando como un trueno en medio de la nada.
La anciana que me esperaba en el porche palideció y, tembloro