53.
MICHAEL
La ambulancia avanza con la sirena encendida y el sonido me perfora la cabeza como un recordatorio constante de que algo salió terriblemente mal. Estoy sentado a su lado, demasiado grande para este espacio estrecho, con las rodillas rígidas y las manos temblándome aunque intento mantenerlas firmes. Una de ellas sostiene la de Raquel.
Está fría.
Demasiado fría.
—Vamos, respira… por favor —murmuro, más para mí que para ella.
Los paramédicos hablan entre ellos con un lenguaje que no termino de entender del todo. Presión, semanas, caída, dolor abdominal. Cada palabra se me clava como una astilla. No dejo de mirarla, de buscar señales de que sigue aquí, de que no se me está escapando delante de los ojos.
De pronto se mueve.
Es apenas un gesto, un quejido bajo, pero me enderezo al instante, inclinándome hacia ella.
—Raquel —digo rápido—. Estoy aquí. Estoy contigo.
Sus párpados tiemblan antes de abrirse apenas. Sus ojos no enfocan bien, están vidriosos, llenos de lágrimas que se des