53.
MICHAEL
La ambulancia avanza con la sirena encendida y el sonido me perfora la cabeza como un recordatorio constante de que algo salió terriblemente mal. Estoy sentado a su lado, demasiado grande para este espacio estrecho, con las rodillas rígidas y las manos temblándome aunque intento mantenerlas firmes. Una de ellas sostiene la de Raquel.
Está fría.
Demasiado fría.
—Vamos, respira… por favor —murmuro, más para mí que para ella.
Los paramédicos hablan entre ellos con un lenguaje que no termi