54.
RAQUEL
Me duele todo.
No es un dolor puntual, no es algo que pueda señalar con el dedo. Es un dolor que se me instala en el cuerpo entero, que late, que me recuerda cada segundo que caí, que sangré, que tuve miedo. Que pensé que los había perdido.
Me dejan en una habitación blanca, silenciosa, demasiado limpia para todo lo que siento por dentro. Me acomodan con cuidado, me dicen que descanse, que todo salió bien, que los bebés están estables. Asiento, obedezco, porque no tengo fuerzas para otra cosa.
Cierro los ojos apenas un segundo.
Cuando los vuelvo a abrir, lo veo.
Michael entra despacio, como si el aire pudiera romperse si se mueve muy rápido. Lleva el rostro desencajado, ojeras profundas, la camisa arrugada. Parece alguien que no durmió, que no respiró bien en horas.
Y en ese instante, el arrepentimiento me cae encima como una ola fría.
¿Por qué lo llamé?
Trago saliva. El pecho se me aprieta. Ahora lo sabe. Sabe que no es uno. Sabe que son dos. Sabe demasiado. Y yo… yo no estoy