52.
MICHAEL
El pasillo sigue igual de silencioso que todo el día.
La puerta de Raquel no se ha vuelto a abrir. El reloj del teléfono marca una hora absurda, pero no me muevo. Estoy sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, mirando un punto fijo que ya no veo. Me digo que va a volver. Que tiene que volver. Que nadie puede trabajar eternamente, ni huir para siempre.
Entonces el móvil vibra en mi mano.
Un número desconocido.
Frunzo el ceño. Por un segundo pienso en no atender. Tal vez es un error, un vendedor, cualquier cosa irrelevante. Pero algo —una intuición rara, un tirón en el pecho— me obliga a deslizar el dedo.
—¿Hola? —digo.
Del otro lado hay ruido. Mucho. Voces superpuestas, platos, gritos, un caos que no entiendo. Me alejo un poco del oído, creyendo que la llamada está fallando.
—¿Hola? No escucho bien —repito.
—¿Usted… usted conoce a una mujer embarazada llamada Raquel? —pregunta una voz masculina, agitada, desconocida.
El mundo se detiene.
—Sí —respondo sin pensar,