51.
RAQUEL
El ruido del lugar me atraviesa la cabeza como un zumbido constante. Platos, vasos, risas forzadas, órdenes gritadas desde la cocina. Este no es el trabajo que imaginé para mí, pero es el único que conseguí después de que mi nombre quedó manchado, después de que ser la amante se volvió lo único que muchos ven cuando me miran.
Me muevo entre las mesas con los patines puestos, sosteniendo la bandeja con cuidado, aunque el cuerpo ya me pesa distinto. El vientre tira, se siente más presente cada día, como si mis bebés reclamaran espacio, como si me recordaran que ya no estoy sola ni puedo permitirme distracciones.
Y, aun así, pienso en Michael.
En su voz al otro lado de la puerta.
En su cuerpo durmiendo en el pasillo.
En la forma en que me miró, como si el mundo entero se le hubiera derrumbado al verme embarazada.
—Raquel —me grita el jefe desde la barra—. ¿Qué pasa? ¡Las mesas seis y siete están esperando hace rato!
Asiento rápido, avergonzada, sintiendo cómo la sangre me sube a