27.
Sara
Mi madre entra a la habitación sin tocar.
Reconozco el sonido antes de verla: sus pasos firmes, decididos, cargados de una furia que no necesita permiso. Abro los ojos y ahí está, de pie frente a la cama, con el abrigo aún puesto y el bolso colgándole del brazo como si hubiera venido solo a decir lo que lleva horas ensayando.
No me pregunta cómo estoy.
No me pregunta si me duele algo.
—¿En qué estabas pensando? —dice, sin rodeos, con la voz dura como una bofetada—. ¿En qué maldito momento decidiste que un hombre valía más que tu vida?
Trago saliva. La garganta me arde. El brazo vendado pesa como si no fuera mío.
—Mamá… —intento, pero ella levanta la mano.
—No —me corta—. No me llames así para buscar compasión. Yo no crié a una mujer para que se mate por un marido infiel.
Las palabras me atraviesan sin anestesia. Siento cómo algo dentro de mí se rompe de nuevo, aunque creí que ya no quedaba nada entero.
—No lo entiendes —susurro.
—No, Sara. —Se acerca un paso más—. La que no entie