27.
Sara
Mi madre entra a la habitación sin tocar.
Reconozco el sonido antes de verla: sus pasos firmes, decididos, cargados de una furia que no necesita permiso. Abro los ojos y ahí está, de pie frente a la cama, con el abrigo aún puesto y el bolso colgándole del brazo como si hubiera venido solo a decir lo que lleva horas ensayando.
No me pregunta cómo estoy.
No me pregunta si me duele algo.
—¿En qué estabas pensando? —dice, sin rodeos, con la voz dura como una bofetada—. ¿En qué maldito momento