Michael
Los días se vuelven una secuencia repetida, casi mecánica.
Trabajo. Casa. Hospital.
Hospital. Casa. Trabajo.
Podría hacerlo con los ojos cerrados. De hecho, a veces siento que los llevo así todo el tiempo, avanzando por inercia, como si pensar demasiado fuera peligroso. En la oficina firmo papeles, asisto a reuniones, hablo de cifras y proyectos que ya no me importan. Todos me miran con una mezcla incómoda de respeto y curiosidad, como si mi vida privada se hubiera convertido en un rumor que nadie se atreve a mencionar en voz alta.
En casa, el silencio pesa más que cualquier discusión. Las habitaciones están ordenadas, intactas, como si Sara no hubiera gritado, como si no hubiera sangre en el baño, como si nada se hubiera roto de verdad. Camino por los pasillos con cuidado, evitando tocar cosas que todavía parecen frágiles, incluso cuando no lo son.
Y luego está el hospital.
Siempre el hospital.
Entro con el rostro compuesto, con el papel bien ensayado del esposo preocupado. S