08.
MICHAEL
Me quedo de pie en el umbral de mi oficina más tiempo del necesario. La puerta sigue entreabierta, como siempre, pero hoy no es un gesto automático: es una excusa. Un punto intermedio entre entrar en su espacio y fingir que no la necesito. Raquel teclea con concentración absoluta, la espalda recta, el rostro inexpresivo. No levanta la vista. No mira el reflejo del vidrio. No hace nada que indique que soy algo más que un jefe ocupando un marco de puerta.
Trago saliva.
—Raquel —digo.
Mi voz suena normal. Profesional. Controlada. Exactamente como debería. Espero la reacción que durante dos años fue inmediata: un gesto, una mirada, una respuesta baja pero presente. No ocurre. Sus dedos siguen moviéndose sobre el teclado con una precisión casi irritante.
—Raquel —repito, un poco más alto.
Nada.
Siento cómo la sangre me sube al rostro. No por vergüenza todavía, sino por incredulidad. Estoy a menos de cinco metros. Sabe que soy yo. Sabe que la estoy llamando. Y aun así decide no res