07.
RAQUEL
El sábado llega sin ruido, pero con peso.
No hay llamadas. No hay mensajes. No hay siquiera esa notificación mínima que antes me mantenía atada a la idea de que, aunque no estuviera conmigo, pensaba en mí. El silencio no es nuevo —Michael siempre ha sabido desaparecer—, pero esta vez no soy yo la que espera. Esta vez soy yo la que decidió no estar.
El teléfono queda boca abajo sobre la mesa desde la noche anterior. No porque no quiera mirarlo, sino porque ya lo miré demasiado. Porque lo