07.
RAQUEL
El sábado llega sin ruido, pero con peso.
No hay llamadas. No hay mensajes. No hay siquiera esa notificación mínima que antes me mantenía atada a la idea de que, aunque no estuviera conmigo, pensaba en mí. El silencio no es nuevo —Michael siempre ha sabido desaparecer—, pero esta vez no soy yo la que espera. Esta vez soy yo la que decidió no estar.
El teléfono queda boca abajo sobre la mesa desde la noche anterior. No porque no quiera mirarlo, sino porque ya lo miré demasiado. Porque lo sostuve en la mano con una mezcla absurda de rabia y esperanza, esperando que vibrara aunque sabía que no iba a hacerlo de la forma que necesitaba. No quiero verle el nombre. No quiero sentir ese reflejo automático de mi cuerpo, ese impulso ridículo de responder incluso cuando prometí no hacerlo.
El departamento está en silencio. Demasiado grande para mí sola. Demasiado ordenado. Cada cosa aquí fue elegida por él, pensada para que yo estuviera cómoda, para que no me faltara nada. Y, sin embargo,