06.
MICHAEL
El teléfono corta demasiado rápido.
No hay espera, no hay tono largo, no hay esa fracción de segundo en la que todavía puedo creer que está ocupada. Es un corte limpio, inmediato, casi violento. Me quedo mirando la pantalla como si el error estuviera ahí, como si hubiera marcado mal el número. Vuelvo a hacerlo. Una vez más. Otra.
Nada.
El silencio se vuelve físico. Me oprime el pecho, me sube por la garganta, se instala en la boca del estómago como una presión constante. Raquel nunca hace esto. Nunca. Si no puede hablar, avisa. Si está molesta, responde corto. Si está cansada, me lo dice. Pero este silencio no se parece a nada de lo que conozco.
Este silencio es una decisión.
Camino por el departamento sin rumbo, con el teléfono en la mano, revisando la pantalla una y otra vez como si fuera a cambiar. Marco de nuevo. El resultado es el mismo: llamada rechazada. No buzón. No excusa. Rechazada.
—¿Qué estás haciendo? —murmuro.
No hablo con ella. Le hablo a la idea que tengo de e