El aire de la ciudad me golpeó el rostro al bajar del auto de santoro, y por un momento, sentí que mis pulmones rechazaban el esmog y el ruido. Después de un año y medio de brisa marina y amaneceres lentos, la capital me parecía un monstruo de cristal y asfalto que rugía con impaciencia.
Jimena me había instalado en una habitación de huéspedes en su nuevo apartamento. Era un lugar elegante, minimalista, muy distinto a la calidez desordenada que solía tener mi hermana. Mientras desempacaba mis t