La noche previa a la reunión con Ricardo fue un campo de batalla en mi mente. Me encontraba en la terraza del apartamento de Jimena, observando cómo las luces de la ciudad titilaban como diamantes sobre un manto de terciopelo negro. Apolo estaba echado a mis pies, sintiendo mi inquietud, mientras yo sostenía una copa de vino que apenas había probado.
Mañana. Mañana volvería a verlo.
Un nudo de angustia se instaló en la boca de mi estómago, un sentimiento que odiaba admitir. No era miedo a su po