El veredicto del Tribunal Internacional de Ginebra no llegó con el golpe de un mazo, sino con el peso de un silencio histórico, en la sala, los magistrados leyeron una sentencia que sentaría un precedente para los siglos venideros: Inocencia bajo la figura de Necesidad Extrema. El tribunal reconoció que, si bien el apagón global había causado una disrupción sin parangón, el mal que Ariadna y Ethan evitaron —la esclavitud neurobiológica de la especie humana— era un daño infinitamente superior e irreversible.
Ariadna escuchó las palabras con la cabeza alta, pero sin rastro de arrogancia, no era una victoria legal lo que buscaba, sino el espacio para empezar de nuevo, al salir del palacio, no la esperaba una turba enfurecida, sino una multitud que guardaba un respeto casi solemne, el mundo ya no la miraba como a la viuda de un magnate, sino como a la mujer que había tenido el coraje de apagar el mundo para salvar su alma.
Tres días después, Ariadna se encontraba en el piso 50 de la Torre