El Palacio de las Naciones de Ginebra nunca había albergado un silencio tan denso, fuera, en la Place des Nations, miles de personas se agolpaban frente a pantallas gigantes, divididas entre el agradecimiento por el regreso de la luz y el pavor por la fragilidad de un mundo que se había apagado con un solo comando. Dentro de la Gran Sala de Asambleas, convertida en un tribunal internacional de emergencia, Ariadna caminaba hacia el estrado.
No había guardias escoltándola, aunque la seguridad era