La residencia privada dentro del Instituto Lila olía a madera de cedro, a lavanda y al aire fresco que bajaba de los Alpes, era un aroma real, desprovisto del rastro químico de los filtros de aire de la Maladeta, sin embargo, para Lila, el mundo era una agresión constante de texturas y gravedades que su cerebro, condicionado por cuatro años de ingravidez en fluido violeta, no sabía cómo interpretar.
Ariadna observaba a su hija desde el umbral de la habitación, la niña estaba sentada al borde de