La residencia privada dentro del Instituto Lila olía a madera de cedro, a lavanda y al aire fresco que bajaba de los Alpes, era un aroma real, desprovisto del rastro químico de los filtros de aire de la Maladeta, sin embargo, para Lila, el mundo era una agresión constante de texturas y gravedades que su cerebro, condicionado por cuatro años de ingravidez en fluido violeta, no sabía cómo interpretar.
Ariadna observaba a su hija desde el umbral de la habitación, la niña estaba sentada al borde de la cama, con los pies descalzos colgando a pocos centímetros del suelo, su piel, de una palidez traslúcida, todavía mostraba las tenues líneas plateadas donde los filamentos de oro habían dejado su huella, Lila miraba sus propios pies como si fueran objetos extraños, herramientas de una maquinaria que no terminaba de comprender.
—Poco a poco, mi vida —susurró Ariadna, acercándose con una suavidad que contrastaba con la mujer de hierro que el mundo veía en las noticias—. No hay prisa, el suelo no