Ariadna Vega no estaba en el cementerio, pero su presencia llenaba cada rincón de la neblina, mientras Marcus Thorne retrocedía ante el maniquí, con el rostro desencajado por el horror y la confusión, Ariadna observaba la escena desde la pantalla de alta resolución de una unidad de mando móvil oculta a trescientos metros de la entrada lateral.
Estaba sentada en la penumbra de una furgoneta de vigilancia discreta, rodeada por el zumbido de los servidores y el brillo azulado de los monitores, sus