El cementerio de Santa María a las cuatro de la mañana no era un lugar de paz, era una garganta de piedra y niebla que parecía tragarse cualquier rastro de vida, Marcus Thorne detuvo su coche a dos manzanas de distancia, ocultándolo tras una hilera de cipreses descuidados, al bajar, el frío caló hondo en sus huesos, pero la rabia que le quemaba las entrañas era suficiente para mantenerlo en movimiento.
Llevaba en el bolsillo de su abrigo el escáner biométrico que Elena le había entregado, un di