El hospital San Judas nunca había parecido tan silencioso y, al mismo tiempo, tan ensordecedor, Ariadna cruzó el vestíbulo principal con pasos que resonaban como disparos sobre el mármol, no se había quitado la chaqueta de cuero, ni se había limpiado la mancha de barro en su bota derecha del cementerio, su cabello, usualmente recogido en un moño impecable de "esposa de sociedad", caía ahora en ondas desordenadas sobre sus hombros, su rostro, despojado de maquillaje, mostraba las ojeras de una g