El hospital San Judas nunca había parecido tan silencioso y, al mismo tiempo, tan ensordecedor, Ariadna cruzó el vestíbulo principal con pasos que resonaban como disparos sobre el mármol, no se había quitado la chaqueta de cuero, ni se había limpiado la mancha de barro en su bota derecha del cementerio, su cabello, usualmente recogido en un moño impecable de "esposa de sociedad", caía ahora en ondas desordenadas sobre sus hombros, su rostro, despojado de maquillaje, mostraba las ojeras de una guerra ganada, pero sus ojos... sus ojos ardían con una autoridad que ninguna joya de los Thorne podría haberle otorgado.
Al llegar al piso de la Unidad de Cuidados Intensivos, el equipo de seguridad privada que ella misma había contratado —hombres que ahora respondían solo a su voz— se cuadró instintivamente, Ariadna no se detuvo a dar órdenes, entró en la habitación 402 como quien entra en su propio dominio.
Dentro, el aire estaba cargado de una tensión eléctrica, los médicos rodeaban la cama,