94. Se acabó el miedo
Dante
El amanecer se filtra por las rendijas de las cortinas pesadas de mi habitación, pero no necesito la luz del sol para saber que el mundo ha cambiado. Lo sé por el peso cálido y suave que descansa contra mi costado. Isabel duerme con una expresión de paz que me resulta casi dolorosa de observar; parece tan ajena a la violencia que late fuera de estas cuatro paredes que, por un segundo, deseo detener el tiempo.
Pero no puedo. Hoy es el día.
Me inclino sobre ella, aspirando el aroma de su pie