Al día siguiente, la noticia seguía suspendida en el aire como una presencia invisible pero pesada, ocupándolo todo.
Emma continuó con sus tareas en modo automático y ordenadamente, pero distante.
Sus manos se movían con precisión: doblaba servilletas con movimientos exactos, colocaba vasos en su lugar, limpiaba superficies que ya relucían.
No levantó la mirada hacia él ni una sola vez. No podía. Porque cada vez que sus ojos se encontraban, algo en su pecho se tensaba con fuerza, un nudo que