Alexander se sentó en el borde de la cama, con la espalda recta y las manos apoyadas en las rodillas. La habitación estaba en silencio ahora. Patricia se había marchado hacía una hora, todavía flotando en una nube de planes y nombres de posibles niñeras.
Natasha descansaba en la sala contigua, con una mano protectora sobre su vientre aún plano, como si ya pudiera sentir la vida que crecía allí.
Él, en cambio, no podía dejar de pensar.
Las cuentas.
Todo se reducía a números fríos, implacables.