El frío de la madrugada calaba en los huesos, pero Nix no tuvo piedad. Llevó a Blair a un claro apartado, lejos de las miradas curiosas de la manada. El suelo estaba cubierto de escarcha y el único sonido era el fluir de un arroyo cercano.
Blair apenas podía sostener la daga. Sus manos temblaban y cada respiración era una lucha contra el residuo de acónito que aún quemaba sus pulmones.
—Otra vez —ordenó Nix. Estaba de pie, con el torso desnudo a pesar del clima, observándola con una rigidez abs