Blair respiraba con una dificultad espantosa, cada bocanada de aire parecía un cristal roto raspando su garganta. Sus ojos, aunque abiertos, no veían la lujosa habitación de Nix. Veían un barranco, el sonido de piedras cayendo y el silencio absoluto que siguió a la muerte de su cachorro.—Blair, mírame —ordenó Nix, apretando sus hombros—. Quédate conmigo.—Déjame... —susurró ella, y una lágrima solitaria rodó por su sien—. Él me está esperando. Mi hijo está solo... tengo que ir con él.Nix sintió un golpe de furia en el pecho. No era odio hacia ella, sino hacia la rendición que veía en sus ojos. La sacudió con una brusquedad que la obligó a enfocar la vista.—Tu hijo no querría ver a su madre morir como una cobarde en la cama de un extraño —le espetó Nix, con la voz vibrando de rabia.—¡Tú no sabes lo que él querría! —Blair gritó de repente, encontrando una chispa de fuerza en su dolor—. ¡Tú no perdiste nada! Estás aquí, en tu trono, jugando a ser el salvador, pero yo no pedí que me s
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