La distancia entre sus labios era inexistente. Blair podía sentir el pulso acelerado de Nix retumbando contra su propio pecho. El aire en la habitación parecía haberse agotado, reemplazado por una electricidad estática que le erizaba el vello de los brazos. Ella había dejado de luchar; su cuerpo, traicionero y hambriento de calor, se arqueaba sutilmente hacia él.
Nix cerró los ojos, inclinándose el último milímetro.
¡Toc, toc, toc!
El sonido metálico de los nudillos contra la madera de roble es