El regreso a la Manada de la Luna Negra no fue el desfile triunfal que Nix había imaginado. El aire pesaba, cargado de un juicio silencioso que siseaba entre los pinos. Nix caminaba con la cabeza alta, su mano entrelazada con la de Blair, mientras Mara los seguía a unos pasos, escoltada por guerreros que la miraban como si fuera una plaga.
Al llegar a la plaza central, el Consejo de Ancianos ya los esperaba. Siete hombres y mujeres con túnicas grises, cuyas arrugas eran surcos de una tradición