La penumbra de la gruta se sentía más densa esa noche, cargada con el olor a lluvia y el rastro eléctrico del vínculo que ahora los unía de forma indisoluble. Nix tenía a Blair atrapada contra el musgo, sus cuerpos entrelazados en una lucha que ya no era de odio, sino de una necesidad devastadora.
Él hundió el rostro en el hueco de su cuello, justo sobre la marca que aún palpitaba con un calor rojizo, y le robó un beso que sabía a posesión y a ruego silencioso.
—Tienes que volver, Blair —susurr