El silencio en la habitación del Alfa era denso, roto solo por el chisporroteo de la leña en la chimenea y el sonido del agua cayendo en un cuenco de plata. Nix estaba sentado en el borde de la gran cama de roble, con la espalda desnuda y surcada por diecinueve cortes rojos que aún supuraban. Blair, con un vendaje improvisado bajo su túnica para cubrir su propio azote, sostenía una esponja de mar con manos temblorosas.
—No debiste hacerlo, Blair —susurró Nix, su voz era un hilo de fatiga y rabi