El vientre de Hespéride se había vuelto redondo y prominente, un templo de vida contenido en la fragilidad de la carne. Sin embargo, ella, siendo una bruja poderosa, jamás perdió la firmeza de su porte. Sus pasos seguían siendo gráciles, sus palabras serenas, sus ojos oscuros de día, púrpuras en la intimidad, seguían guardando aquella fuerza antigua que recordaba a los astros. Aun así, en los últimos días el cansancio se le notaba: su respiración se hacía pesada al caminar, sus manos reposaban