Hespéride, después del tiempo de luto de los Krónidas, ingresó al reino. Las murallas fracturadas todavía olían a humo y hierro quemado. Caminaba por las calles escoltada por su grupo de brujas, figuras sombrías que avanzaban en perfecto compás. A su lado, el búho Ómicron desplegaba sus alas con solemnidad, observando desde arriba con ojos que parecían atravesar la carne y el alma. Más abajo, Zeta, el cuervo, graznaba con un eco fúnebre que hacía estremecer a los cautivos; y Lambda, que había adoptado la forma de una gata negra, se deslizaba entre los escombros, ágil y silenciosa, como si midiera cada sombra con sus patas delicadas.
La visión era imponente, espectral. En las calles, los soldados imperiales se divertían a costa de los esclavizados. Algunos irrumpían en las tiendas y tomaban los bienes sin pagar; arrancaban frutas, panes y jarras de vino, destrozando lo que no podían cargar. Otros, más crueles, se burlaban de los vencidos, empujándolos al suelo o forzándolos a inclinars