El beso final fue un sello, una quietud compartida que resonó más allá del contacto. Permanecieron entrelazados en el agua enfriada, con la respiración de uno sincronizada con la del otro y los latidos como un eco frenético en el espacio reducido de la bañera. El mundo exterior, con sus guerras y sus profecías, se disolvió ante su agitación.
Hespéride fue la primera en moverse. Con una elegancia que desmentía la intimidad brutal que acababan de compartir, se alzó. El agua resbaló por su cuerpo