Sus labios volvieron a encontrarse. El ósculo se prolongó, como un diálogo mudo que articulaba siglos de distancia rota. Hespéride cerró los párpados, concentrada en la textura de sus labios, en la manera en que sus manos recorrían su espalda a través del vestido empapado. Un leve gesto de su mente, un susurro de su poder, y la tela del sostén se disolvió en una fina neblina púrpura que se fundió con el agua jabonosa.
Sus senos, libres, se aplastaron contra el torso de Horus. La piel de él, frí