Hespéride lo llevó aquella tarde a la herrería. El lugar estaba impregnado del olor a hierro caliente, hollín y fuego. El sonido de los martillazos todavía resonaba en las paredes ennegrecidas, aunque los herreros ya habían abandonado el trabajo del día. Ella caminaba delante, con paso firme y Horus la siguió con el ceño ligeramente fruncido, sin saber qué era lo que estaba a punto de mostrarle. Si iba a enfrentarse al imperio, necesitaba lo mejor para su travesía épica.
—Cierra los ojos —le ordenó, con esa voz suya que no admitía réplica.
Él obedeció, aunque con cierto recelo. Escuchó entonces cómo arrastraba algo pesado por el suelo, un ruido metálico seguido de un crujido de tela. Cuando ella dijo que podía mirar, Horus abrió los ojos y se quedó en silencio, sorprendido.
Ante él, sobre una mesa de piedra, reposaba una armadura negra. No era como las que había visto en otros ejércitos: no era gruesa ni pesada, sino ligera, flexible, compuesta por láminas oscuras que parecían fundirs