Horus no dejaba de pensar en la bruja Hespéride. Su figura se había vuelto como un espejismo constante en su mente, imposible de ignorar. Era extraño, casi perturbador, que alguien que había representado durante tanto tiempo la oscuridad y la amenaza pudiera convertirse ahora en la única luz a la que deseaba aferrarse. Su mente giraba en círculos alrededor de ella: los rasgos delicados de su rostro, los ojos púrpuras que parecían encenderse con brasas internas, la voz que lo estremecía, aunque