Así dio inicio el plan de atacar a las caravanas de Atlas. Era de tarde, cuando los gigantes y los soldados de altura normal custodiaban las carretas donde llevaban trigo, frutas y demás víveres hacia un reino conquistado. El sol rojizo descendía sobre las colinas, tiñendo el cielo con tonos de cobre y sangre. El aire olía a polvo y a sudor, mezclado con el aroma dulce de las frutas que transportaban.
Estaban lejos de Krónica y del refugio, lo suficientemente apartados para generar confusión. El camino era ancho, bordeado por arbustos secos y alguna que otra roca grande. La caravana avanzaba con paso pesado, confiada en la superioridad de su escolta: gigantes armados con hachas enormes, soldados comunes con lanzas y espadas, todos bajo el estandarte imperial.
De pronto, el camino se oscureció. Una silueta apareció en medio del polvo. Horus emergió cubierto por la oscuridad, portando su armadura negra, su capa larga que se agitaba con el viento, la máscara opaca y el gorro que le ocult