Hespéride se puso de pie, enfurecida. Toda la rabia y enojo que había estado conteniendo en estos años contra ese despiadado y cruel emperador. Lo atacó con magia de rayo y oscuridad, pero el gigante era demasiado fuerte.
Atlas se defendió con su magia de tierra y la golpeó con brusquedad en el vientre y en la cabeza de manera brusca y salvaje, sin ninguna consideración.
Atlas chasqueó los dedos. Dos guerreros de estatura avanzaron; uno le atravesó el muslo con una lanza y otro el abdomen con una espada.
Las manos de ella temblaban de impotencia. Se mantenía de pie por inercia. Estaba muriendo. El golpe y las armas incrustadas en ella la desangraban y la drenaban. Retrocedió con dificultad. Miró a Cirania, que la había vendido. Su comandante agachó la cabeza.
Hespéride veía borroso. Había perdido su puesto como emperatriz, había sido traicionada por su raza y había perdido a sus hijas; todo en una sola madrugada. Miró el precipicio. Estaba quebrada y sin poder para luchar.
—Maldito se