Hespéride, erguida y desafiante, mantenía la vista fija en el horizonte. Su piel ardía de calor, gotas de sudor corrían por su cuello y cada respiración le resultaba más difícil que la anterior. Aun así, sus facciones se mantenían firmes, impasibles, como si la fatiga no existiera. Sus hijas lloraban, los pequeños sonidos agudos se mezclaban con el rugido de los gigantes, pero ella las sostenía con una fuerza imposible, con la convicción de que ningún monstruo las arrebataría de sus brazos.
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