Capítulo 29 La presencia

El aire estaba impregnado de un silencio sofocante, roto apenas por el murmullo del río. Hespéride había aceptado su destino. Nada podía hacer para escapar de la muerte. Sus ojos se cerraron con resignación; en su pecho se mezclaba la rabia con la tristeza y un deseo oculto de descanso. En su mente, el rostro de sus hijas aparecía con claridad, sus sonrisas, sus voces infantiles que ya nunca volvería a escuchar. Las lágrimas caían lentas por sus mejillas al comprender que las acompañaría pronto en la dimensión de los muertos.

El gigante había levantado la espada sobre ella, los guerreros aguardaban expectantes y el filo descendía hacia su cuello cuando algo imposible ocurrió.

El tiempo se detuvo. Todo quedó suspendido en una quietud sobrenatural. El brazo del gigante quedó en alto, inmóvil, como si fuese una estatua de hierro. Los soldados, con sus expresiones inertes, permanecieron petrificados, incapaces de dar un paso más. Incluso las gotas de agua que caían del cabello empapado de
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