El aire estaba impregnado de un silencio sofocante, roto apenas por el murmullo del río. Hespéride había aceptado su destino. Nada podía hacer para escapar de la muerte. Sus ojos se cerraron con resignación; en su pecho se mezclaba la rabia con la tristeza y un deseo oculto de descanso. En su mente, el rostro de sus hijas aparecía con claridad, sus sonrisas, sus voces infantiles que ya nunca volvería a escuchar. Las lágrimas caían lentas por sus mejillas al comprender que las acompañaría pronto