Capítulo 26 La emboscada
Hespéride abrigaba a sus bebés entre sábanas mientras la carreta avanzaba entre los caminos ocultos del bosque. El traqueteo constante de las ruedas se mezclaba con el suave murmullo de los árboles, como si la misma naturaleza buscara arrullar a las pequeñas. Sus manos, aún manchadas de energía oscura por el reciente conjuro de escape, temblaban apenas al ajustar los pañuelos de tela que sujetaban a las niñas contra su cuerpo. En la penumbra de la noche, les colocó con cuidado el reloj de cristal que guardaba como el más íntimo de sus tesoros. Había pertenecido al pequeño príncipe fugitivo, aquel niño de mirada serena que también había escapado de la garra del emperador. Ese artefacto ahora descansaba sobre los diminutos pechos de sus hijas, como si las uniera a él en destino y en resistencia. Marcaba las tres de la mañana, y el resplandor débil de su esfera se reflejaba en los ojos exhaustos de la bruja emperatriz.
La superficie del artefacto reflejó la débil