Hespéride cambiaba la ropa a sus hijas cuando un heraldo del emperador llegó a su carpa. Su bruja comandante ingresó luego de pedir permiso. Era Cirania, la de cabello trenzado y mirada acerada, aquella que había jurado protegerla desde la primera campaña contra los clanes del norte.
—Mi señora, ha recibido un pergamino del emperador —dijo ella con voz firme.
Hespéride siguió atendiendo a sus niñas, envolviendo con ternura los cuerpos pequeños y frágiles, mientras los gemidos quedos se entrelazaban con el crepitar de las lámparas de aceite. En más de quince años, el emperador jamás le había enviado un mensaje, y solo ahora, cuando la elfa dorada había entrado en escena, decidía enviarle un pergamino con palabras de cortesía. Era demasiado evidente, casi insultante en su simpleza.
—Ábrelo y léelo —ordenó la emperatriz sin apartar la mirada de las manchas oscuras en la piel de sus hijas, raíces que anunciaban el linaje de las brujas.
Cirania desenrolló el pergamino con lentitud, como si