Hespéride cambiaba la ropa a sus hijas cuando un heraldo del emperador llegó a su carpa. Su bruja comandante ingresó luego de pedir permiso. Era Cirania, la de cabello trenzado y mirada acerada, aquella que había jurado protegerla desde la primera campaña contra los clanes del norte.
—Mi señora, ha recibido un pergamino del emperador —dijo ella con voz firme.
Hespéride siguió atendiendo a sus niñas, envolviendo con ternura los cuerpos pequeños y frágiles, mientras los gemidos quedos se entrelaz