Hespéride avanzaba con una elegancia sombría que contrastaba con la respiración agitada de Leighis, cuyo pecho subía y bajaba con un ritmo acelerado, como si cada inhalación le arrancara un fragmento de su resistencia. La emperatriz dorada retrocedía en el aire, intentando mantener la distancia mientras su luz parpadeaba con una intensidad desesperada. Todos sabían que la luz era un don noble, puro, casi sagrado, y Leighis encarnaba aquel fulgor celestial; sin embargo, frente a la bruja que flo